jueves, 14 de agosto de 2014
¿Estás bien?
“Sí amigos, hay que estar en el agujero para salir del agujero, hay que vivirlo todo, pero hasta el fondo, a tope; aunque a veces duela, en la salud y en la enfermedad, todos los días de tu puta vida, para que cuando te llegue el momento, puedas gritar a boca llena: sí, amigos, yo he vivido.”
Así termina ‘The Hole’ uno de los espectáculos más completos y más divertidos que he visto sobre un escenario, cuyo mensaje vital del final hace que uno salga del teatro con las pilas puestas.
Pero sobre todo me quedo con el principio del final… “Sí amigos, hay que estar en el agujero para salir del agujero…” Porque realmente y desgraciadamente es así. Uno no sabe apreciar bien las cosas si no ha sufrido antes la carencia de las mismas. Ya sean carencias afectivas, familiares, económicas, o de cualquier otro tipo, y como me han dicho en más de una ocasión, es necesario tocar fondo para poder impulsarte hacia arriba y comenzar a salir.
Y es en esos momentos en los que estas en el agujero cuando te das cuenta de muchas cosas. Te das cuenta de que los grandes problemas que a veces nos derrumban no son más que tonterías solucionables con un poco de comunicación. Que es importante tener la cabeza alta, no por orgullo, sino para poder tener una visión más completa de todo aquello que se te pueda presentar en cualquier momento, porque, como dije en otra ocasión, hay vueltas de esquina inesperadas que pueden hacer que tu vida cambie al menos en alguno de sus aspectos, y ese cambio ayudará a mantenerte con fuerzas para afrontar el resto de problemas.
Y, por supuesto, vivir la vida a tope. Vivir con intensidad todo lo positivo que se te presente, porque, más tarde o más temprano tendrá un final, aunque ese final no será más que el principio de una nueva experiencia.
Pero, como todo en la vida, hay momentos y momentos. Y en uno de esos “momentos” estoy yo ahora. En un vaivén de emociones, ilusiones y muchos temores.
Pero no os daréis cuenta. Solo aquellas personas que más me conocéis y que siempre están dispuestas a un “¿estás bien?” son las que se enteran de si lo estoy o no.
Y no es que me preocupe que se den cuenta de si lo estoy o no. Ni soy de los orgullosos que dicen siempre que están bien porque “a mi nadie me va a ver mal”. Coño, si estoy mal, lo estoy, no me avergüenzo de ello. Eso sí, cuando me veas, me verás sonreir y me verás fuerte, porque un día aprendí de alguien muy sabio que todos tenemos problemas, pero “yo siempre te recibo con una sonrisa”. Y me verás seguro de mi mismo aunque por dentro me esté muriendo y, sobre todo cuando esa seguridad es ficticia.
Pero hay algunas personas que sólo se quedan con esa actitud ficticia de que todo me da igual y que no hay problema alguno, y ni siquiera se molestan en escarbar un poco… sólo un poco para intentar ir más allá, y te echan en cara que te das una vidorra estupenda y que ellos de mayor quieren ser como tú.
Y, además se basan en dos fotografías en las que apareces sonriente en Facebook. “¡Joder, cómo vive éste! ¡Qué bien se lo pasa!” Nada, a partir de ahora hare dos cosas, o bien no cuelgo más fotos mías en Facebook, o salgo llorando para que todos vean lo desgraciadito que soy. Porque está claro que el que no llora, no mama. Pero, ¿qué queréis que os diga? Prefiero mamar menos y mantener mi dignidad intacta. Y para eso, no me hago la víctima, ni miento para dar lástima ni ejemplo.
El año tiene muchos días, muchas horas, muchos momentos, y si me estás demostrando que me juzgas por dos fotografías, me demuestras también dos cosas: que te importo una mierda, o que eres más simple que el mecanismo de un chupete.
Además… no juzgues si no quieres ser juzgado…
Por eso, prefiero quedarme callado si alguien osa juzgarme porque no merece la pena abrir la boca frente a los que hacen juicios de valor por lo que ven en una simple primera mirada, sin ni siquiera tener el mínimo interés de una pregunta tan sencilla como un “¿estás bien?”.
miércoles, 28 de mayo de 2014
Hasta mediados de septiembre.
Se supone que hoy es un día para estar contento, y de alguna
manera lo estoy porque éste último mes de curso ha sido agotador y he podido
sacarlo a trancas y barrancas con un cansancio que apenas me dejaba estudiar.
Y se supone que debo estar contento como lo están los niños
que ven cercano el fin de curso para vivir cada uno a su manera un verano
esperado en el que se pasarán dos meses y medio jugando con los amigos y sin
obligaciones de estudios (algunos) y de madrugar.
Sin embargo no lo estoy del todo, porque, tras unos años
difíciles, el entrar a estudiar me ha dado una vida que no imaginé. Tanto que,
al comenzar el curso mi amigo Juan me preguntó si haría amigos entre mis
compañeros de clase y le contesté que probablemente no, porque los veía muy
diferentes a mi… gran cagada…
Quizá ahora no, pero estoy seguro de que a medida que pasen
los días echaré de menos el ir a clase, el reirme con mis compañeros y los
profesores, el protestar entre nosotros por lo duro de uno, o lo duro de otro.
Echaré de menos tener que acudir a Juanjo, nuestro gurú
informático siempre dispuesto a echarte una mano con amabilidad para que me
aclare dudas que la mayoría de las veces más que dudas son desconocimientos
totales.
Echaré de menos las ocurrencias de Antonio que siempre me
mira buscando mi complicidad, o las graciosísimas salidas de tono de Alberto
que empezó tímido pero ha acabado soltándose la melena.
Echaré de menos a las clases de ISO (Implantación de
Sistemas Operativos) para ver cuánto aguanta Rafa (alias “Farruguito”…si, con G
de farragoso) sin echar la bronca a Joaquín que cada clase se esmera en tocarle
las pelotas más pendiente de su ordenador que de las tediosísimas explicaciones
del profesor. Igual que echaré de menos las constantes carcajadas de Guillermo
en las clases de FOL (Formación y Orientación Laboral… o más bien, “Aprenda
Derecho Laboral en tan solo 6 meses”) con ‘La Señora’ Esther, eso sí, siempre
según el Estatuto de los Trabajadores.
Echaré de menos… o, no tanto… a Carlos y esas
incomprensibles clases de FHA (Fundamentos de Hardware) sacando números, buses,
celdas, frecuencias, slots, y como diría alguna que yo me sé “pikiwikis” en
general pero de los que no tenemos que preocuparnos porque ‘¡¡ésto está
chupao!!’ Y del que no tenemos dudas sobre qué va a preguntar en el examen
porque siempre lo pregunta todo…absolutamente todo…
Y, por supuesto echaré de menos a Francisco, el que ha sido
para mi el mejor y más justo profesor que hemos tenido. Profesor de PAR
(Planificación y Administración de Redes), el cual empezó pareciéndome un
prepotente, pero que con el paso de los meses se ha convertido en alguien al
que tengo gran aprecio personal, y eso que no se ha cortado un pelo cuando ha
tenido que dejarme en evidencia si ha hecho falta, y siempre admito que ha sido
merecido por mi parte.
¿Y qué os digo de mi círculo más personal? Curiosamente
todas féminas, uno sabe cuidarse y para ello elige bien de quien rodearse:
Fanny, unos días pasota, otros días ufffff…., otros días feliz, otros días chofff,
otros días peleada con el mundo, y siempre con grandes maneras de monologuista
y su definido estilo personal combinando maquillaje y ropa.
Ana, con ese aspecto dulce y que nunca ha roto un plato, con
un corazón enorme, pero con sentencias que dejaría a cualquiera con la moral
por los suelos. Y quizá sea eso lo que sorprenda más, que nadie espera que una
chica con aspecto tan indefenso sea capaz de sentenciar de la forma que lo
hace. Sin hablar de su….vamos a llamarlo… curiosa forma de contestar los
mensajes de WhatsApp, porque lo mismo te contesta enseguida, que igual tarda 24
horas en contestarte, o lo hace a las 3 de la mañana.
Y Nuria, de la que ya he hablado. Sin duda mi mejor
adquisición del curso. Alguien a quien quiero muchísimo, con la que he
compartido ratos muy divertidos, algunos a mi costa (sí, últimamente estás
siendo más buena) y que me ha enseñado el valor del esfuerzo, de la constancia
y a creer más en mi.
Alguien a quien admiro profundamente por su capacidad de
sacrificio y por su capacidad de trabajo y superación, y todo con la humildad
de quien no se guarda todo para ella, sino que lo comparte sin condiciones,
ayudando a todo el que se lo pide, le caiga mejor o peor, y gracias a ella he
podido sacar adelante muchas cosas, sobre todo de números que, si no es por
ella, no habría superado.
En definitiva, una amiga de las de verdad, y por muchos
años…
Como habéis podido ver, he tenido la enorme suerte de caer
dentro de un grupo humano de altísima calidad, donde todos nos ayudamos dentro
de nuestras posibilidades y donde no hay ni rencores, ni falsedades, y si las
hay se les aparta, porque todos sabemos que un grupo así es un lujo que hay que
cuidar.
Y….sí… estoy triste porque hoy se acaba todo eso, pero se
acaba tan sólo una tercera parte, porque son tres cursos los que vamos a estar
juntos y hemos alcanzado únicamente el primero.
Solamente quedan unos meses para volver a reunirnos, y con
la amistad que se ha ido fraguando en éste primer curso juntos, el volver a
vernos tantos meses después será motivo de alegría para todos y estoy
convencido de que será con la sensación de que tan sólo han pasado unos días.
Como ya dije en su momento, ha sido una vuelta de la esquina
maravillosa, que se ha ido tornando en una avenida preciosa de la que no quiero
salir nunca, porque para eso pactamos Always.
martes, 25 de febrero de 2014
Microcuento.
Apareció una tarde, como todas las tardes de lunes a viernes.
Muy sonriente dijo: "¿Qué tal don Pedro?"
Y ahí me perdí...
Muy sonriente dijo: "¿Qué tal don Pedro?"
Y ahí me perdí...
jueves, 2 de enero de 2014
... aún a sabiendas de que no llegaría al fin deseado...
Me encanta la vida, por muy dura, o muy durísima que resulte
a veces. Y me encanta porque está llena de esquinas, recovecos en los cuales se
te pueden aparecer en cualquier momento situaciones y sensaciones inesperadas.
Hace tiempo que no disfruto de las navidades como lo hacía
de niño. Supongo que como nos pasa a todos a medida que vamos creciendo, sobre
todo como en mi caso, que no hay hijos de por medio.
Sin embargo, éstas navidades ha habido una vuelta de la
esquina inesperada que ha hecho que sea una de las navidades más bonitas que
podré recordar en años.
En este tiempo han ocurrido cosas, momentos, situaciones,
risas, ilusiones, sueños y miles de palabras compartidas que, aún a sabiendas
de que no llegaría al fin deseado, he podido disfrutar como hacía muchísimo
tiempo que no lo hacía.
Y ha llegado así, sin querer, aunque quizá inconscientemente
queriendo, y eso ha sido lo más bonito de todo; que ha sido algo que ha ido
llegando poco a poco, casi sin notarlo, hasta que una mañana te despiertas y te
das cuenta de que no hay vuelta atrás. Todos esos sentimientos, todas esas
ganas, todas esas ilusiones te han invadido de la cabeza a los pies… aún a
sabiendas de que no llegaría al fin deseado.
Pero ahí estaban. Listas para ser vividas, para ser
disfrutadas y saboreadas como he hecho desde el principio hasta el final.
Porque ha habido un final. El esperado. Un final lógico y
respetado. Un final que ya conocía. Pero, como en las buenas películas, aunque
sepas el final te estremeces, te emocionas, te sorprendes con cada uno de los
minutos que dura.
Porque, a pesar de todo, habiendo un final, realmente no lo
ha habido, porque la vuelta de la esquina sigue estando ahí, exactamente en el
mismo sitio donde la encontré.
Y sé que seguirá. Y yo lo disfrutaré porque hace ya muchos
años decidí que hay lujos que uno no se puede permitir perder… aún a sabiendas
de que no llegaría al fin deseado… pero sí un fin por el que merece la pena
echar marcha atrás, volver al estado inicial y seguir riendo, sintiendo,
compartiendo y apreciando todo aquello que una vuelta de la esquina te puede ofrecer.
jueves, 19 de diciembre de 2013
¡VÁMONOS DE RESUMEN!
Puffffff, ¡¡qué año, Dios del amor hermoso!!
¿Cómo lo defino? La verdad, ni puta idea…
Negro…gris…blanco…radiante. Todos esos matices han cabido en
orden cronológico en los últimos 365 días de mi vida.
Y es que no ha sido para menos. Desde los primeros seis
meses en los que mis días eran un terremoto emocional, pasando por un verano
estupendo pero con secuelas de la etapa anterior, yendo hacia un otoño
esperanzador y hasta llegar a un final de año maravilloso en lo personal.
¿Lo mejor del año? Pues que lo bueno que ya había sigue
estando, y lo malo se fue (al carajo y más allá). Me lo quité de enmedio y,
aunque costó trabajito es lo mejor que he hecho en el 2013.
Mi familia sigue estando. Mis viejos amigos, los de siempre,
siguen estando. Mi niño, Golfo está tan guapo y tan tonto como siempre y, para
rematar la faena, han llegado nuevos miembros a mi círculo más íntimo, y
miembros de una calidad humana que son un lujo.
No he parado de repetir que soy una persona afortunada
porque, aún en la peor etapa del año siempre he tenido la oportunidad de
levantar el teléfono y tener alguien al otro lado dispuesto a escucharme y
soportarme. Y os aseguro que más de uno y más de una se merecen una medalla al
mérito personal por el tostón que les he dado.
Y me siento afortunado porque mi familia, aún viéndome
actuar fuera de mi, desquiciado y de forma inmadura, han seguido estando y han
seguido teniéndome una infinita paciencia que no estoy seguro si realmente merezco.
De forma casual llegué a una pareja, mi Cris de mi vida y
mis entretelas y David, que me invitaron a formar parte de una serie de planes
ilusionantes a los que quise unir a otra de las maravillosas nuevas
adquisiciones de mi segunda etapa del año: Virginia.
Juntos los cuatro hemos reído como hacía tiempo no lo hacía.
Juntos los cuatro hemos pasado momentos inolvidables, viajes preciosos, litros
de vino y alcohol e ingestas de una cantidad indecente de comida, y todo eso
enriquecido con un pequeño terremoto llamado Paula. Un vendaval de tan sólo dos
años, hija de Virginia, que enamora allí por donde pasa y que ha hecho renacer
en mi una serie de sentimientos que perdí en el momento en el que mis adorados
cuatro sobrinos se hicieron mayores.
Y en octubre, vuelta al cole. Retomé los estudios. Me matriculé en un módulo de grado superior
de nombre rimbombante: Técnico superior en administración de sistemas
informáticos en red.
Y eso ya ha sido el remate… me lo estoy pasando pipa. Lo
estoy disfrutando muchísimo, porque, independientemente de que las materias me
apasionan, he tenido la suerte de formar parte de un grupo de compañeros de
clase estupendo, donde, salvo casos aislados vamos todos a una, colaborando
cada uno con lo que puede, y con una generosidad digna de mención
Y en ese grupo, un nombre propio: Nuria.
Me cayó muy mal al principio, lo cual era un buen
indicativo, porque soy tan jodidamente complicado a veces que las personas a
las que más quiero suelen caerme mal en una primera impresión. ¿Por qué? Forma
parte de mis inseguridades.
El caso es que, con el tiempo fui descubriendo detalles que
me hicieron cambiar esa primera percepción. Hasta que un día, un error fruto de
una mala interpretación desencadenó un gesto de ella hacia mi que me hizo
sospechar que tenía enfrente alguien que podría merecer mucho la pena, como
realmente he ido descubriendo con el tiempo.
Hoy, Nuria es alguien imprescindible en mi vida. Alguien con
quien puedo contar, alguien que me hace reir, alguien en quien confiar, un
ejemplo de esfuerzo y constancia, una persona de la que aprender, alguien con
quien compartir y alguien con quien ‘siempre’.
Los veteranos… Isa con sus valores y su madurez, Sergio
siempre ambiguo y siempre caballero,
Andrés con su rectitud y su tremenda generosidad, mi Asun de mi vida en la cúspide
aunque sólo sea por antiguedad, Rocío a su manera estando ahí, mi grupo de
vecinos que tanta paciencia me han tenido con abrazos y besos siempre
dispuestos, la vuelta de Almudena con su alma siempre por delante, Ale y su
tremenda inteligencia…que han estado y
siguen estando.
Cris con su carcajada perenne y su dulzura escondida que
entrega a quien ella elige, David y su moderación exquisita repleta de autenticidad, Virginia y su candidez
aparente que disfraza una personalidad de mucha fuerza con una inteligente
mezcla de dulzura, Paula y su eterna sonrisa y amor a manos llenas, Nuria… mi
ojito derecho y mi debilidad…, que han llegado nuevos y a los que me quedan muchos años por
disfrutar y de los que seguiré aprendiendo día a día.
Por supuesto, mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinos y mi tía
Chari. Los que siempre están. Da igual que me comporte como un auténtico
gilipollas, que ellos jamás fallan.
Y el de los pelos: Golfo, mi mejor compañía, el amor
incondicional.
Este nuevo año promete ser apasionante, pero os pido un
favor: seguid estando, porque para que se cumplan las expectativas os necesito
cerquita… a todos, sin excepción.
FELIZ 2014.
martes, 3 de septiembre de 2013
Siempre
Dicen los que mejor me conocen que mi capacidad o mi forma
de expresión es rica en vocabulario y en recursos.
Los hay que afirman que tengo la manía de buscar siempre la
palabra exacta para describir lo que estoy contando o lo que estoy
expresando. Y me he encontrado más de
una vez con quienes me han llegado a decir…’perdona, es que yo no soy como tú,
que siempre buscas la palabra correcta´.
Es más… hay quienes me han dicho que soy un
seductor con las palabras y que lo que digo derretiría a cualquiera. Pues no
sé, porque bien, lo que se dice bien, no me va, ni sentimentalmente, ni laboralmente,
así que algo falla…
Vamos, que soy, lo que se suele decir, un tío con mucha
labia.
Es cierto que mis padres siempre han incidido mucho en que
una buena capacidad de expresión es un valor muy positivo, y se han preocupado
en que hablemos de forma correcta. Y estoy de acuerdo en que una sólida forma
de expresión es una buena carta de presentación.
Al respecto, me ha ocurrido algo significativo en los
últimos meses. Como ya muchos sabéis alquilo habitaciones a estudiantes,
trabajadores, y otras gentes de mal vivir, y en el mes de julio un chico,
futuro estudiante de Derecho se interesó por una de ellas.
Toda nuestra comunicación fue a través de whatsapp, y sólo
por la sorprendente capacidad de expresión de un chico de 18 años, y porque
escribiendo era yo el que usaba más abreviaturas que él, ya me gustó como
posible inquilino. Afortunadamente, se ha quedado con la habitación.
No es que sea más o menos repelente que nadie… que puedo
entender que alguien me considere así. Lo que me pasa es que, cuando expreso
sentimientos, o cuento alguna anécdota, siempre trato de que mi interlocutor
capte la esencia de lo que estoy contando o lo que estoy expresando. Por ello,
muchas veces me atasco tratando de buscar esa palabra correcta, esa palabra
exacta que defina a la perfección lo que quiero decir.
Sin embargo, hay palabras que considero que no se deben
decir así como así, a la ligera. Evidentemente, un ‘te quiero’, o su antónimo, ‘te
odio’, son expresiones que debemos tener mucho cuidado al decir, porque no todo
el mundo las merece.
Y, en ésta línea, no es que tenga palabras tabú, sino que,
más bien, tengo palabras que reservo solamente a momentos o personas que son
merecedoras de ellas.
Y una de éstas palabras es la que da título a ésta entrada: ‘siempre’.
‘Siempre’ es una palabra que, para mi lleva implícita una
carga importante. Decir ‘siempre’ es una forma notable y peligrosa de
comprometerse… y para mi, el compromiso es un valor con el que también hay que
tener mucho cuidado.
Asegurar que ‘siempre’ ocurre algo es más o menos fácil,
puesto que solemos decirlo cuando sabemos que sucede una y otra vez sin
excepción. Pero decirle ‘siempre’ a una persona, y más cuando se tratan de
sentimientos… ¡cuidado! Nos estamos pringando hasta el cuello.
Yo lo he dicho en multitud de ocasiones, y, como todo, a
veces me ha salido bien, y otras veces me ha salido mal. Pero la culpa de que
haya salido mal no es mía. Porque cuando yo lo digo, lo digo de forma sincera y
convencido de a quién se lo estoy diciendo y por qué se lo estoy diciendo. Si
con el tiempo, y con los actos, te das cuenta de que te has equivocado de
persona te sientes algo estúpido, pero con la conciencia tranquila, porque el
que ha fallado no has sido tú.
Por eso mismo cada día soy más cauto. Sigo pensando que una
buena capacidad de expresión es un valor importante en las personas, pero las
circunstancias, las experiencias y los errores…otra vez los errores, me hacen
cada vez más selectivo a la hora de decirlo.
Otro día hablaré de los insultos…
domingo, 11 de agosto de 2013
¡¡¡Joder!!!
No sé si el problema soy yo o son los demás. El caso es que
uno es como es, con sus virtudes y sus defectos. Y seguro que más defectos que virtudes,
pero llevo una época en la que voy pasando por situaciones que, como mínimo me
sorprenden, y mucho.
Yo soy como soy. Tanto para lo bueno como para lo malo. Y,
como todos, tengo mis cargas, mis traumas, mis complejos, mis miedos, mis pavores,
mis dudas. Pero eso no quiere decir que, ni trate mal a nadie, ni traicione
confianzas, ni sea un maleducado y, ni mucho menos un desagradecido.
Y me equivoco. Muchas veces. Quizá más de las que me
gustaría. Y me jode, no porque quiera ser perfecto, ni porque mi orgullo no me
permita aceptar un error, sino porque considero que soy lo que soy gracias a
mis aciertos, pero, sobre todo a mis errores. Y, porque pienso que, si estoy
como estoy es precisamente por eso, por mis errores.
Aunque si os digo la verdad, doy gracias por haberme
equivocado, y, aunque no sea de mi agrado, espero equivocarme muchas veces más,
porque son todos esos errores los que forjan mi personalidad, mi forma de ser.
Forma de ser que, aunque suene engreído, me gusta y de la que me enorgullezco.
No soy ni más, ni menos que nadie, pero tengo algunas cosas
muy claras: cada individuo es como es, independientemente de los demás. Y por
muy malas experiencias que haya tenido con algunas personas durante mi vida, no
trato a todo el mundo de la misma manera, porque cada uno tiene sus
circunstancias, y cada uno tiene su forma de ser y de pensar.
Por eso, aunque venga de unos meses que prefiero ni pensar,
eso no quiere decir que tenga que estar de uñas con el mundo. Lo he pasado mal,
muy mal con una persona, sí. Una persona que me ha demostrado que, al final,
las cosas no son tan importantes como uno a veces las quiere ver. Una persona
que me ha demostrado con sus actos… o, mejor dicho, con sus no actos, que no
merece la pena ni el más mínimo recuerdo.
Aunque a esa persona tengo muchas cosas que agradecerle.
Agradecerle que durante una etapa me dio vida, que me hizo ver con mi comportamiento hacia ella que hay cosas en mi
que no me gustan y que peleo por cambiar. Pero sobre todo agradecerle que ha
sido mi mayor error personal y, aunque suene duro, de ahí he sacado el mejor
aprendizaje.
Sin embargo, eso no significa que si se me presentan en la
vida otras opciones u otras oportunidades, las descarte porque ayer lo pasé mal
con una experiencia anterior. Básicamente porque eso es algo que, lo único que
hace es cerrarte puertas. Es privarte de experiencias que, quizá son las que tú
demandas. Privarte de compañías que te pueden hacer bien, que te pueden aportar
y que tus propios miedos y tus frustraciones te impiden disfrutar por el simple
hecho de estar encabronado con el mundo solamente porque alguien… una persona…
te ha hecho daño…
Afortunadamente no todos somos iguales, y yo soy como soy…
trato de ser amable y educado con todos, porque así es como creo que debe ir
uno por la vida. O, como suelo decir, me gusta tratar a los demás como me gustaría
que me trataran a mi, aunque esa forma de pensar me dé más disgustos que
satisfacciones. Pero, ni voy a cambiar, ni nadie va a hacer que yo cambie ese
aspecto de mi personalidad, porque creo firmemente en ella, por muchos
sinsabores que me dé a cambio.
Como suelo decir, la vida es tan puta que no te da tregua, y
eso es lo que la hace tan divertida y tan apasionante. Y, como mencioné hace
pocos días, me quedo con una reflexión que escuché en una película, en la que
un psicoanalista le decía a su paciente que, en la vida hay tres tipos de días:
están los días malos, que, afortunadamente son pocos; los días buenos, que, por
desgracia, son pocos, y los días normales, que son la mayoría, y son con esos
días normales con los que debemos aprender a convivir. Y ahí radica el problema,
que a algunos, la monotonía nos desespera, y necesitamos incentivos en la vida…
no aprendemos a vivir con la normalidad.
Pero me rebelo. Me rebelo ante las cosas forzadas. ¡Coño!,
las cosas son mucho más fáciles. ¿Por qué tenemos esa estúpida manía de hacerlo
todo tan difícil? ¿Que estás mal? ¿Que he tenido muchos problemas? ¿Que he
pasado por momentos muy difíciles? ¡Joder, yo también! Pero intento dejar todas
esas cosas atrás, porque sé que llevar todo eso a cuestas, lo único que me va a
suponer son más problemas aún y, sobre todo, va a ser una venda en mis ojos y
en mi alma que no me va a permitir ver momentos, personas, situaciones,
detalles de la vida que son dignas de vivir o, por lo menos hacer el intento o
darse la oportunidad de conocer.
Repito, ni soy mejor, ni peor que nadie… sólo es que creo en
mi forma de ser…aunque mi mayor problema y mi mayor enemigo soy yo mismo y mi
autoestima… ¿paradójico? Sí, lo sé…
miércoles, 29 de mayo de 2013
Por enésima vez.
Se produjo el milagro. Aquí estoy de nuevo, no sé cuánto
tiempo duraré en esta enésima etapa, pero prometo que trataré de estar por aquí
el mayor tiempo posible.
La culpa la tiene el pasado viernes por la noche, día en el
que, tras largos meses de desaparición me reencontré con viejos amigos que
siempre me demuestran que cuando construyes una buena base, la amistad resiste
a pesar del tiempo.
Y más concretamente, gran culpable de que esté de vuelta por
aquí, es mi amigo Juanma, el Sr. Liceras, un tipo al que siempre he
admirado profundamente y del que siempre aprendo.
Me regañó. Me regañó por abandonar éste espacio y le respondí
avergonzado que no me sentía con los mismos ánimos, ni con la inspiración
necesaria para contar cosas que jamás llegué a pensar que podrían interesar a
nadie.
Y me volvió a regañar. Esta vez por pensar que lo que
escribía no tenía interés alguno para nadie contándome que él sólo sigue dos
blogs, y uno de ellos es este que tenéis delante.
Dejándome llevar por esta baja autoestima de mierda que me
pesa tanto, y sorprendido por los comentarios de alguien tan significativo para
mi, quise sondear hasta qué punto era cierto lo que Juanma me decía y lo
comenté a más amigos, quizá los que podrían darme una opinión más sincera y más
valiosa.
Y la respuesta fue sorprendente. Tanto mi amigo Ale,
presente durante los reproches (con cariño) de Juanma, como mi Asun de mis
amores, como mi ex, Isa me dijeron lo mismo. Opiniones especialmente
considerables para mi puesto que son gente que sé que me quiere bien y que
también sé que no me doran la píldora.
Así que aquí estoy de nuevo, tras unos meses turbios,
extraños, emocionalmente complicados, en el que, como me dijo hace poco otro
gran amigo, Sergio, me estoy conociendo a mi mismo más que nunca… aunque,
joder, cómo duele conocerse de la forma que me estoy conociendo.
Madurando a hostias como dije en cierta ocasión en mi perfil
de Facebook, pero haciéndome más fuerte y asumiendo que los errores a veces son
más necesarios que lo aciertos, pues cuando los superas, el aprendizaje
obtenido es de mayor valía.
Hace años se me ocurrió pensar que la vida es como un
videojuego cruel, en el que has de pasar por cientos de dificultades para
terminar la partida. Y como tal videojuego, es algo divertido, porque es tan
puta que no te da tregua.
Lo malo es que en los videojuegos, al terminar la partida
consigues a la princesa, o conquistas un territorio… en el videojuego de la
vida, la pantalla final es una cajita de pino.
Ríes, lloras, te descojonas, te puteas, te putean, te
regalan, te quitan, te aman, te engañan, te dan, te roban, aparecen,
desaparecen, te ilusionas, te cabreas, te desilusionas, temes, te alegras… en
fin… no hay descanso. Y eso, aunque a algunos les suene raro, es lo divertido
para mi.
Y no sé, pero parece ser que el contar todo esto de mi vida
a algunos les apetece leerlo, y no sólo eso, sino que, además les gusta, e incluso lo
esperan.
Sois estupendos, que lo sepáis.
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